Semana nueva y volvemos a la inexistente normalidad tras un episodio de saturación.
Más de una semana ha pasado desde que llegase el Almirantazgo, y ahí comenzó la secuencia de surrealismo que ha llegado hasta la fecha.
Para empezar, cómo alquilar un coche. ¿Qué complicación puede tener esto? Si estás en Belgica la respuesta es mucha. Recojo a la Almirante en el aeropuerto, vas a la oficina Hertz de turno y le das tu código de reserva. Hasta aquí bien. El tipo te dice que si quieres seguro, que si no te la clavan, y dices que venga va. Luego te pide tarjeta de crédito y le dices que para qué, si vas a pagar en efectivo. La cosa se tuerce. El Almirante le da la tarjeta de crédito y ¡tachán! Está sin activar. Se complica la película. Le ofrecemos la de la compañera de viaje y dicen que no porque no tiene carné. Y ya para acabar le preguntamos la solución y es hermosa en su simplicidad: nos quedamos sin coche. Conclusión: a Lieja en tren, y cogemos el coche allí al día siguiente.
Día siguiente. Antes de hacer el canelo (más), llamamos al banco y nos aseguramos de que funciona la tarjeta. Dicen que sí, bien, podemos seguir. Cogemos la biblioteca esencial para viajar por el Benelux que ha traido el alto mando, que viene a ser una colección de recortes de revistas, fotocopias, panfletos y páginas web impresas, que ocupan más que los apuntes de tres de mis asignaturas, y nos ponemos en ruta.
Ahora se nos plantea lo siguiente: ¿Qué tienen en común todas las oficinas de alquiler de coches de Lieja?
Que cierran los sábados por la mañana. Premio para nosotros.
Así pues mediante una simple deducción lógica llegamos a la conclusión que de poder alquilar un coche es en Bruselas, así que otra vez al tren, y a Bruselas. Para no jugarnosla demasiado vamos directamente a Bruselas Sur, donde llegan todos los trenes del mundo mundial y parte del extranjero, y sitio lógico para que haya una oficina de alquilar. Así pues nos plantamos allí a la una y cuarto, y mi deducción era acertada, no había una, había tres, y todas cerraban a la una en punto. Perfecto.
Por ello decido emplear un poco la cabeza y usar las telecomunicaciones, que para algo estamos en el siglo XXI. Así consigo que me digan por telefono que sólo hay dos sitios abiertos en toda Bruselas, uno está en el aeropuerto y el otro cierra a las dos, y quedaban quince minutos. Cabezazo contra la pared después decidimos ir a ver la ciudad.

Después de comprobar que los edificios art-nouveau son más difíciles de encontrar de lo que parece, ver la plaza central, el birria bicho meón disfrazado (lo que hay que ver) y el museo del comic (provengo de una familia con larga tradición friki, que sujetos como yo no salen espontaneos, donde compre un nuevo poster (ver foto), decidimos ir al aeropuerto, coger el coche y vernos el Atomiun y un castillo de la zona.
Todo bien montando y estructurado hasta que al pagar en el Museo del Comic la tarjete no funciona. Empezamos otra vez. Llamada al banco, sí, que la tarjeta funciona, no habrá ningún probema, podrán coger el coche, será la maquina. Llegamos a la estación, y al pagar lo billetes... la tarjeta tampoco funciona. Otra llamada más, mientras yo acabo de pagar y ¡sorpresa! Cómo va a funcionar la tarjeta, si la orden se dio ayer. Toma ya, para habernos matado. Que el alto mando estuviese volando de camino aquí el día de anteses indiferente, la orden se hizo el viernes, aunque se hiciese en persona el jueves. Final de la historia: hasta el lunes sin coche, y yo odio aun más a los bancos.
Y otra vez a Maastricht, porque claro, sin coche a pocos sitios más se puede ir sin dos horas de tren. Poco que destacar de este día, salvo dos cosas que jamás creía que llegaría a ver: a mi madre comprando semillas de maría y dos iglesias reconvertidas, una en librería, con cafetería en donde el altar incluida, y con la mesa central en forma de cruz, y otra en hotel de lujo, con cafetería y restaurante. Alguien en el Vaticano se tiene que estar dando golpes contra la pared solo de pensarlo.
Al lunes siguiente, ya con coche, y yo con parasitarias el almirantazgo parte a Alemania y llega la primera oleada de la invasión: el Gato Volador y señora. Así pues primera visita a tiendas frikis de la zona, a lo que decir que comic aquí hay, y mucho.
Más de una semana ha pasado desde que llegase el Almirantazgo, y ahí comenzó la secuencia de surrealismo que ha llegado hasta la fecha.
Para empezar, cómo alquilar un coche. ¿Qué complicación puede tener esto? Si estás en Belgica la respuesta es mucha. Recojo a la Almirante en el aeropuerto, vas a la oficina Hertz de turno y le das tu código de reserva. Hasta aquí bien. El tipo te dice que si quieres seguro, que si no te la clavan, y dices que venga va. Luego te pide tarjeta de crédito y le dices que para qué, si vas a pagar en efectivo. La cosa se tuerce. El Almirante le da la tarjeta de crédito y ¡tachán! Está sin activar. Se complica la película. Le ofrecemos la de la compañera de viaje y dicen que no porque no tiene carné. Y ya para acabar le preguntamos la solución y es hermosa en su simplicidad: nos quedamos sin coche. Conclusión: a Lieja en tren, y cogemos el coche allí al día siguiente.
Día siguiente. Antes de hacer el canelo (más), llamamos al banco y nos aseguramos de que funciona la tarjeta. Dicen que sí, bien, podemos seguir. Cogemos la biblioteca esencial para viajar por el Benelux que ha traido el alto mando, que viene a ser una colección de recortes de revistas, fotocopias, panfletos y páginas web impresas, que ocupan más que los apuntes de tres de mis asignaturas, y nos ponemos en ruta.
Ahora se nos plantea lo siguiente: ¿Qué tienen en común todas las oficinas de alquiler de coches de Lieja?
Que cierran los sábados por la mañana. Premio para nosotros.
Así pues mediante una simple deducción lógica llegamos a la conclusión que de poder alquilar un coche es en Bruselas, así que otra vez al tren, y a Bruselas. Para no jugarnosla demasiado vamos directamente a Bruselas Sur, donde llegan todos los trenes del mundo mundial y parte del extranjero, y sitio lógico para que haya una oficina de alquilar. Así pues nos plantamos allí a la una y cuarto, y mi deducción era acertada, no había una, había tres, y todas cerraban a la una en punto. Perfecto.
Por ello decido emplear un poco la cabeza y usar las telecomunicaciones, que para algo estamos en el siglo XXI. Así consigo que me digan por telefono que sólo hay dos sitios abiertos en toda Bruselas, uno está en el aeropuerto y el otro cierra a las dos, y quedaban quince minutos. Cabezazo contra la pared después decidimos ir a ver la ciudad.
Después de comprobar que los edificios art-nouveau son más difíciles de encontrar de lo que parece, ver la plaza central, el birria bicho meón disfrazado (lo que hay que ver) y el museo del comic (provengo de una familia con larga tradición friki, que sujetos como yo no salen espontaneos, donde compre un nuevo poster (ver foto), decidimos ir al aeropuerto, coger el coche y vernos el Atomiun y un castillo de la zona.
Todo bien montando y estructurado hasta que al pagar en el Museo del Comic la tarjete no funciona. Empezamos otra vez. Llamada al banco, sí, que la tarjeta funciona, no habrá ningún probema, podrán coger el coche, será la maquina. Llegamos a la estación, y al pagar lo billetes... la tarjeta tampoco funciona. Otra llamada más, mientras yo acabo de pagar y ¡sorpresa! Cómo va a funcionar la tarjeta, si la orden se dio ayer. Toma ya, para habernos matado. Que el alto mando estuviese volando de camino aquí el día de anteses indiferente, la orden se hizo el viernes, aunque se hiciese en persona el jueves. Final de la historia: hasta el lunes sin coche, y yo odio aun más a los bancos.
Y otra vez a Maastricht, porque claro, sin coche a pocos sitios más se puede ir sin dos horas de tren. Poco que destacar de este día, salvo dos cosas que jamás creía que llegaría a ver: a mi madre comprando semillas de maría y dos iglesias reconvertidas, una en librería, con cafetería en donde el altar incluida, y con la mesa central en forma de cruz, y otra en hotel de lujo, con cafetería y restaurante. Alguien en el Vaticano se tiene que estar dando golpes contra la pared solo de pensarlo.
Al lunes siguiente, ya con coche, y yo con parasitarias el almirantazgo parte a Alemania y llega la primera oleada de la invasión: el Gato Volador y señora. Así pues primera visita a tiendas frikis de la zona, a lo que decir que comic aquí hay, y mucho.
Día después a Luxemburgo y castillos en formato express, y vuelta con parada y fonda en Namur. Y para regresar otros siete en casa, que todal donde caben cuatro... Al menos, gracias a las discrepancias varias acabaron sólo tres en mi habitación y siete en la de arriba, y eso sin que yo dijera ni mu, lo que hay que ver.
Discrepancias de forma y contexto aparte sigue la semana y las prácticas de parasitarias, o como jugar al play-do con excremento de bichos varios. Y el viernes llegó el chiste definitivo. ¿Sabeis lo bien que se lo pasan once personas en una casa de dos cuando atasca la cañería de desagüe del cuarto de baño? Creo que una idea podeis haceros, menos mal que yo tenía un hotel con familia dentro a mano.
Sábado parte el almirantazgo de vuelta, dejando la nevera hasta arriba de queso manchego y embutido, añadido al del Gato Volador, los dioses le tengan en su gloria, y vuelta a Maastricht, destino ya tradicional, con paradas siempre tradionales (previsibles somos). Carreras varias, que el tiempo es finito, y fiesta en casa, que total donde caben once caben... dieciseis. Y al día siguiente partida y vuelta a la calma.
Lo que sólo nos deja el asunto del cuarto de baño. Y eso ya supera a todo lo demás. Creo que de mi casero nunca he hablado, pero vamos a decir que es un hombre feliz. Y como hace tanto tiempo dije en otro post en otro blog ya cerrado, la felicidad es inversamente proporcional a la inteligencia, y este hombre es bastante feliz... Pero para muestra un botón. Domingo por la tarde matando el tiempo con el curso de francés por internet (que no hay momento en el que me sienta más estúpido que repitiendo palabras al ordenador) cuando llaman a la puerta y me encuentro al hombre en cuestión con su mujer y pasa con un desatascador(herramienta milagro de la ciencia).
Asi armado y todo dispuesto llega al baño, lo mete por la taza del vater y empeiza a darle unos golpes que casi desencaja el nombrado mobiliario y reventando algo en el proceso porque se empieza a salir el agua por el pasillo(que es normal, dice, mientras que no cale a la vecina, con eso me quedo yo más tranquilo). Tras una media hora de darle así al invento de marras y ver que era infructuoso (vaya, yo jamás lo habría adivinado), ahora espero su regreso, que esta vez creo que traerá un destornillador (alabada sea la ciencia), a ver si lo arregla.
Para rematar la foto que prometí del strip-poker del otro día, para vuestro difrute particular.
Ale, a escardar.
