Los bancos me odian, lo hacen casi tanto como yo les odio a ellos. Es así y no se puede discutir.
Estaba yo hace sábados yendo con el pequeño Moli cuando me di cuenta de que para comprar pizzas conviene tener dinero, así que le usé de guía turístico hasta el Caja Madrid más cercano. Todo iba según lo planeado hasta que metí la tarjeta en el cajero y aquello empezó a sonar como si de una alarma de amenaza nuclear se tratase. Mal asunto. Recuperados del susto inicial miramos la pantalla y resulta que de buenas a primeras mi tarjeta ha sido retenida por acusa sin concretar. Así pues llamada al banco, anular tarjeta y a esperar entre tres y siete días para otra.
Y llega hoy, algo más de siete días después, y seguimos sin tarjeta, y uno tiene la necesidad de tener dinero para comprarse abonos de transporte y esas minudeces. Por ello, en un momento de lucidez me acuerdo que enterrada por algún lado tengo una libreta. Así salgo todo feliz (o algo así) con mi libreta al banco la meto en el cajero y... repetición de la jugada, ruido infernal y yo sin libreta. Así que otra llamadita, otra anulación y entro en la oficina un poco menos feliz.
Allí cojo el numerito y veo que tengo por delante a ocho amables sujetos. Poco a poco la gente pasa por una de las dos ventanillas, mientras que el amable señor que está en la otra habla, y habla, y habla, y no se va, y mientras rezo porque no toque otro sujeto igual en la que va a más o menos velocidad. Rezar es malo, alguna vez lo habré dicho, porque ahí llegó él. Miro el reloj, y el margen holgado de tiempo con el que había salido ya no es holgado, y de hecho empieza a no haber margen.
Finalmente llegó a ventanilla, recuperan mi cartilla y resulta que el modelo es antiguo y por eso me la han retenido. Ventajas de usar la oficina de Internet que tanto publicitan, que no te avisan. Así que me da una nueva, más hortera que la anterior y salgo al cajero. Una vez más introduzco la cartilla, y cuando le digo que quiero sacar dinero... nooo, no se lo traga, pero me dice que la cartilla no está activa. Otra vez, y de ningún buen humor ya, entro en la oficina. Volvemos a coger el numerito, volvemos a mirar al grupo de amables sujetos y veo que de tener ocho delante como antes, ahora son once. Miro el reloj y mi buen margen a pasado a ser tardanza.
Visto lo visto oteo el horizonte y veo como un hombre se levanta de una de las mesas, así que haciendo un zigzag me plantó enfrente del oficinista de turno antes de que pueda reaccionar, contándole mi vida, la reunión a la que no llego y esas cosas. Así resulta que me dice que mi libreta no está autorizada para sacar dinero. A lo cuál me quedo pensando en el momento, no hace ni veinte minutos, en el que le he dicho al compañero de este sujeto: "Mire, es que iba a sacar dinero con la libreta y me la ha retenido", para añadir poco después "Ahora ya podré sacar el dinero para el abono, primero de mes es lo que tiene." El compañero, muy avispado, se ve que no era.
Así pues le digo al hombre qué es lo que hay que hacer para autorizar la libreta, y el hombre, muy amable me dice que autorizarla, a lo que me veo añadiendo un: "Pues lo autorizo". Suena fácil, ¿verdad? Sí, pero no contasteis con los elementos. Ese fue el momento en que la impresora le dio por estropearse, así que allí seguía, mirando el reloj pasar mientras el hombre intenta imprimirme la clave en algún lado. Finalmente lo consiguió, y a la tercera en el cajero fue la vencida, pero allí se fue casi una hora de mi vida.
Y digo yo, si estamos metidos en la que estamos metidos por los bancos, ¿no tendrían al menos que replantearse su eficacia a todos los niveles?
En fin, a escardar.
Estaba yo hace sábados yendo con el pequeño Moli cuando me di cuenta de que para comprar pizzas conviene tener dinero, así que le usé de guía turístico hasta el Caja Madrid más cercano. Todo iba según lo planeado hasta que metí la tarjeta en el cajero y aquello empezó a sonar como si de una alarma de amenaza nuclear se tratase. Mal asunto. Recuperados del susto inicial miramos la pantalla y resulta que de buenas a primeras mi tarjeta ha sido retenida por acusa sin concretar. Así pues llamada al banco, anular tarjeta y a esperar entre tres y siete días para otra.
Y llega hoy, algo más de siete días después, y seguimos sin tarjeta, y uno tiene la necesidad de tener dinero para comprarse abonos de transporte y esas minudeces. Por ello, en un momento de lucidez me acuerdo que enterrada por algún lado tengo una libreta. Así salgo todo feliz (o algo así) con mi libreta al banco la meto en el cajero y... repetición de la jugada, ruido infernal y yo sin libreta. Así que otra llamadita, otra anulación y entro en la oficina un poco menos feliz.
Allí cojo el numerito y veo que tengo por delante a ocho amables sujetos. Poco a poco la gente pasa por una de las dos ventanillas, mientras que el amable señor que está en la otra habla, y habla, y habla, y no se va, y mientras rezo porque no toque otro sujeto igual en la que va a más o menos velocidad. Rezar es malo, alguna vez lo habré dicho, porque ahí llegó él. Miro el reloj, y el margen holgado de tiempo con el que había salido ya no es holgado, y de hecho empieza a no haber margen.
Finalmente llegó a ventanilla, recuperan mi cartilla y resulta que el modelo es antiguo y por eso me la han retenido. Ventajas de usar la oficina de Internet que tanto publicitan, que no te avisan. Así que me da una nueva, más hortera que la anterior y salgo al cajero. Una vez más introduzco la cartilla, y cuando le digo que quiero sacar dinero... nooo, no se lo traga, pero me dice que la cartilla no está activa. Otra vez, y de ningún buen humor ya, entro en la oficina. Volvemos a coger el numerito, volvemos a mirar al grupo de amables sujetos y veo que de tener ocho delante como antes, ahora son once. Miro el reloj y mi buen margen a pasado a ser tardanza.
Visto lo visto oteo el horizonte y veo como un hombre se levanta de una de las mesas, así que haciendo un zigzag me plantó enfrente del oficinista de turno antes de que pueda reaccionar, contándole mi vida, la reunión a la que no llego y esas cosas. Así resulta que me dice que mi libreta no está autorizada para sacar dinero. A lo cuál me quedo pensando en el momento, no hace ni veinte minutos, en el que le he dicho al compañero de este sujeto: "Mire, es que iba a sacar dinero con la libreta y me la ha retenido", para añadir poco después "Ahora ya podré sacar el dinero para el abono, primero de mes es lo que tiene." El compañero, muy avispado, se ve que no era.
Así pues le digo al hombre qué es lo que hay que hacer para autorizar la libreta, y el hombre, muy amable me dice que autorizarla, a lo que me veo añadiendo un: "Pues lo autorizo". Suena fácil, ¿verdad? Sí, pero no contasteis con los elementos. Ese fue el momento en que la impresora le dio por estropearse, así que allí seguía, mirando el reloj pasar mientras el hombre intenta imprimirme la clave en algún lado. Finalmente lo consiguió, y a la tercera en el cajero fue la vencida, pero allí se fue casi una hora de mi vida.
Y digo yo, si estamos metidos en la que estamos metidos por los bancos, ¿no tendrían al menos que replantearse su eficacia a todos los niveles?
En fin, a escardar.
