Dos días y volvemos a la peninsula, tras tres meses en tierras Belgas, y nos quedan seis más después.
Pero de momento, ¿qué ha pasado la última semana?
Para empezar la San Nicolas: fiesta de estudiantes.
Ya dije en su día que las fiestas aquí consistían en beber hasta vomitar, para una vez haber vomitado seguir bebiendo. Pues está no viene a ser menos, si acaso es más. Tres días en los cuales los estudiantes tienen un solo fin en mente: agarrarse el pedal de su vida. Ciertamente es una lástima que no me pudiera llevar la cámara de fotos porque hubo escenas para la eternidad. Entre ellas un tipo corriendo en bolas bajo la lluvia delante de la catedral , o en un momento dado que buscamos refugio de la marabunta de gente en alto, veo que un tipo se pone a mis pies, miro para abajo y le veo agarrandosela para mear. Aquí a la gente se le va, mucho y más.
Lunes por ahí con el bloque Erasmus, martes con los veterinarios (y ya me he podido hacer una idea del grado de sectarismo de esta gente, que tienen diseñado hasta la forma de vestir en las fiestas según el curso, pero eso os lo contaré en otro día; y además acabé con todos los bautizados de la facultad en una plaza cantando el himno de veterinaria mientras caía el monzón de invierno) y el miercoles perdidos por la ciudad, habiendosenos olvidado dónde estamos y que aquí la una ya no son horas (que la fiesta empezaba a las dos de la tarde como tardisimo).

Y luego visitas varias (lo cual llevo a una saturción de la habitación como se aprecia en la foto Busca al Oyente): el miercoles llegó la primera y el jueves las otras dos. Y qué cosa mejor se puede hacer que turismo, fuimos a pitufiland... digo a Brujas (mención especial a las chocolatinas con forma de pene corriendose)

y a Gante, y luego a Amberes. Las dos primeras bien, pero la graciosa fue la última. Como la Comandancia suele ir por ahí, decido llamar e informarme de qué hay que ver en Amberes, y me dice que el centro histórico (lógico), el puerto (vale) y la calle de los diamantes (es Amberes, es la ciudad de los diamantes, tiene lógica). Llegamos allí, nos hacemos con un mapa y miramos: estación de tren, fichado; centro historico, todo tieso; puerto, está cerrado, vaya por Dios; calle de los diamantes, buscamos, buscamos, vale, aquí est, Diamont Straat, un poco lejos pero está marcada en amarillo, como peatonal. Así empezamos ruta, si

tio curioso, entre esto y la Gran Via no hay mucha diferencia (bueno salvo el tipo de la foto, que en la Gran Vía no se suele ver a un tipo pidiendo con un piano con ruedas, y sí, lo del pie son cascabeles, que hacía sonar al pie de la música mientras cantaba, vamos un crack).
Seguimos ruta, llegamos hasta el rio, vamos a la fortaleza, bajamos, paramos en un sex-shop/pasteleria, seguimos bajando, más, y más, y más, alejandonos del centro y con la mosca detrás de la oreja, hasta que finalmente nuestro objetivo se encuentra al final de la sigueinte esquina. Llegamos y nos encontramos lo que posiblemente era el callejón más zarrapastroso, sucio y cutre de todo Amberes, llamado ironicamente Diamont Straat.
Así pues con cara de subnormales damos media vuelta camino a la estación y de pura chiripa encontramos la calle de los diamantes... Y eso sí que era algo digno de verse, no ya por lo bonito del sitio, ya que era totalmente moderno. Era la seguridad que había lo que resultaba flipante. No había un solo punto que no tuviera al menos tres cámaras de seguridad enfocando, la calle tenía las dos entradas cerradas por pivotes de acero, con control policial a mabos lados, y en el centro una comisaria, y como no, una sinagoga (no se nos vaya a olvidar quién mueve el dinero).
Y ahora a preparar los trastos para la vuelta.
Ale, a escardar.