Y así entra un amable sujeto en la clínica para vacunar a su perro, que seguía en el maletero de la ranchera. El tipo en cuestión podía ser el doble que yo y venía diciendo que no podía con el perro, a lo que el Oyente dijo que era una pesadilla. Cuando pregunto por el bicho en cuestión resulta ser un pastor de 22 kilos que no muerde pero se pone muy nervioso si ve una jeringuilla.
Razonamiento: perro que pesa un cuarto que yo, no muerde; en el peor de los casos le puedo a fuerza bruta. Iluso que puedo ser yo a veces.
Salgo de la clínica seguido de aquel que oye y bajo la atenta mirada del dueño del perro y otras cuatro personas que observan desde la cristalera, llego hasta el perro que, aunque un poco nervioso. Le tiendo la mano, hule, lame. todo correcto. Acaricio la cabeza, todo va bien. Lo traigo para mi, el otro sujeto saca una de las dos jeringuillas y ya está, tenemos al demonio de Tazmania.
El dueño tenía razón, morder no mordía. Pero los brazos hechos un cisco con las patas. Tras tres rounds ya me estaba planteando el meterme yo en el maletero del coche para un combate digno de la WWF (en mi mente, realmente sé que habría sido una imagen muy ridícula) cuando el simpático animal salta grácilmente del maletero por encima mío.
Milagrósamente el perro fue directo a los brazos del Oyente, y una vez en el aire, y con la ayuda del dueño conseguí ponerle los dos malditos pinchazos para luego volverlo a empotrar en el maletero antes de que se diese a la fuga, terminando con los aplausos de los espectadores.
Conclusiones:
- El peso no importa
- Un perro puede humillarte sin necesidad de un mordisco.

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