Es curioso que en un día tal que como hoy me haya dado por retomar esto. Si hubiese estado menos denso, si me hubiese parado a reflexionar lo habría visto venir: El efecto caos. El volver al blog ha sido una especie de convocatoria.
Creo que hable sobre ese efecto hace ya muchos años, en el primer Cubil del Gato, ese fatídico remolino entrópico que rodea mi existencia y hace que a mi alrededor pasen cosas peculiares. Por ejemplo, ahora mismo, mientras escribo esto escucho gaitas, sí gaitas. Porque mis pintorescos vecinos, que montan fiestas de forma peculiar hoy han decidido innovar y dejar de lado el repertorio de Fito y Fitipaldis con el que me deleitan en cada fiesta cuando ya llevan un par de horas bebiendo, esta vez alguien ha llevado gaitas.
Aunque ese no es el caos que llega, solo es otra de las fiestas de mis vecinos, que acabará cuando la vecina del edificio de enfrente llame a la policía y les dé mi dirección, con lo que se me plantarán dos municipales en casa a las dos de la mañana preguntando si tengo alguna fiesta dentro, cosas que pasan.
No, el caos ahora mismo es una bola de pelo de unos cuatro kilos que está dando vueltas por la casa, es un caos que aun no tiene nombre, aunque mañana segura tendrá uno (mi madre se ha pasado la tarde buscando nombres de dioses mitológicos, qué cosas). El caos tiene forma de perro, esto si lo veo venir, de cruce de husky y mastín, la última idea de bombero de mis hermanas, porque un perro y dos gatas no es suficiente.
Y así estamos, ahora con las gaitas calladas, sustituidas por los timbales, veo que llegan tiempos interesantes. Al menos voy a tener material para escribir.
Ale, a escardar.
Creo que hable sobre ese efecto hace ya muchos años, en el primer Cubil del Gato, ese fatídico remolino entrópico que rodea mi existencia y hace que a mi alrededor pasen cosas peculiares. Por ejemplo, ahora mismo, mientras escribo esto escucho gaitas, sí gaitas. Porque mis pintorescos vecinos, que montan fiestas de forma peculiar hoy han decidido innovar y dejar de lado el repertorio de Fito y Fitipaldis con el que me deleitan en cada fiesta cuando ya llevan un par de horas bebiendo, esta vez alguien ha llevado gaitas.
Aunque ese no es el caos que llega, solo es otra de las fiestas de mis vecinos, que acabará cuando la vecina del edificio de enfrente llame a la policía y les dé mi dirección, con lo que se me plantarán dos municipales en casa a las dos de la mañana preguntando si tengo alguna fiesta dentro, cosas que pasan.
No, el caos ahora mismo es una bola de pelo de unos cuatro kilos que está dando vueltas por la casa, es un caos que aun no tiene nombre, aunque mañana segura tendrá uno (mi madre se ha pasado la tarde buscando nombres de dioses mitológicos, qué cosas). El caos tiene forma de perro, esto si lo veo venir, de cruce de husky y mastín, la última idea de bombero de mis hermanas, porque un perro y dos gatas no es suficiente.
Y así estamos, ahora con las gaitas calladas, sustituidas por los timbales, veo que llegan tiempos interesantes. Al menos voy a tener material para escribir.
Ale, a escardar.



