Tras otro intenso debate decidimos no ir al circo a ver a los monos, ya somos bastante simiescos nosotros y seguimos ruta, comida en el kebab (total, en que otro lado puedes comer un menú por menos de 3 euros) y a los baños.
Los baños turcos vienen a ser unas piscinas calientes, muy calientes, más calientes que el agua con la que me ducho, pero están graciosas. Al fin y al cabo en Budapest hace un frio del carajo y el contraste de temperatura es curioso por decirlo de una forma (otra es decir que te acuerdas de todos lod dioses cuando tienes que salir del agua, a 38º y andar por el exterior, a cinco, en bañador marcapaquetes de esos porque resulta que por estos lares no saben lo que son las bermudas y no hay forma humana de conseguir unas).
Así que cuatro horas en remojo y salimos ya cuando eramos más pasas que personas. Como conciencia de Luismi le convencí de que estar tanto tiempo a remojo tenía que ser malo como poco (aunque te tenía que dejar los poros nuevos) y nos fuimos en pos de cena y bares.
Como se nos había acabado el dinero tras pagar el albergue teniamos para poco más qu una cerveza por cabeza (lo cual viene a ser un euro por cabeza) y sin lugar donde cambiar dinero optamos por medidas desesperadas. Juntamos todo el dinero y optamos por apostarlo todo en el casino al negro, que con suerte nos daba para dos cervezas después. ¿Genialidad o locura? Nunca lo sabremos, porque el maldito casino cerraba a las diez de la noche, tocate un pie.
Así que vuelta al albergue cuando nuestro protagonista divisó una luz roja al fondo de un callejón oscuro. Con el vano pretexto de que fuera un bar y con la esperanza de que fuese la tan ansiada sala de streaptease entramos y nos encontramos un taller reconvertido en mal de mala muerte donde el medio litro de Heineken costaba un euro. El descubrimiento del viaje. Lo malo es que eso nos daba para una ronda y las conciencias nos retiramos mientras que el subconsciente volvía a hacer de las suyas y se lo llevó por ahí (nunca sabremos dónde).
Día 3 (miercoles, 7 de enero)
En busca del mercadillo perdido. Mientras que el grupo se dividia en varios objetivos nuestro protagonista, con sus diversas facetas, se encamino en pos del mercadillo de segunda mano y antiguedades de Budapest, el más grande en muchos kilometros (o algo). Quien iba a decir que algo tan notorio fuese a estar, vamos a ver, como decirlo… ¡tan a tomar por culo!
Salimos a buena hora (las 11, he dicho buena hora, no temprano), y cogimos el metro hasta la última parada (incluso pagamos, y todo), luego el tranvía (aquí ya decidimos que nuestra contribución al sistema de transporte público había sido suficiente), y nos introdujimos en el Pest profundo.
Nota explicativa: Budapest era originalmente dos ciudades separadas por el Danuvio, Buda al oeste y Pest al este. Buda siempre fue la zona rica y Pest, bueno, es Pest.
Así que el tranvia avanza, y avanza, y de repente nos damos cuenta de una cosa, las paradas no están indicadas, y el hungaro no hay dios que lo entienda, y cualquier parecido entre como se escribe y como se dice es pura coincidencia.
Asi pues y de pura chiripa nuestro protagonista y sus voces acabaron en un cruce de carreteras en medio de ninguna parte al principio de la “calle” donde estaba el mercado. Apreciese con detalle el entrecomillado, porque por mucho que se llamase utca (dicese, calle en hungaro) eso era una maldita autopista. Y teniendo en cuenta que estabamos en el número 2 de la calle y había que llegar al número 156, pues como que era un paseito (cementerio incluido), y tras una horas andando por fin llegamos al sitio ese…
…que estaba desierto…
En fin, aun así había algún que otro puesto y se veían cosas tan curiosas como una serie de bustos de Lenin al lado de una estarua de Hitler (ver foto). Si ante todo diversidad, para que nadie se sienta ignorado.
Tras esto vuelta a la civilización, comida. Acabamos comiendo en un restaurante chino, llevado por hungaros (teorías varias sobre jugarse los negocios), cuyo propietario era un sujeto simiesco con voz de plomo (una ricura, vamos). Pero claro, ¿dónde más se come un menu por dos euros?
Tras ello parada técnica en el albergue, para siesta, y prepararse para salir. Como no sabiamos ande cenar, pedimos consejo a sujeto guatelmantes que había vuelto (o de los mundos de la resaca, o del calabozo de la comisaria, porque después de la del lunes, a saber) y acabamos en un restaurante croata. Comida curiosa la de esos lares, cuando hacen una ensalada a base de tomates, cebolla y guindilla, a partes iguales. Y como culmen, Brandy casero, destilado por ellos de 56º, lo mejor para hacer la digestión.
Tras esto, vuelta al taller reformado ese, muy underground, y tras otro par de cervezas, busqueda de la noche en Budapest.
Ahora bien, como concienca, guié, y todo le mundo sabe que aun siendo un gps en condiciones normales, uno nunca, jamás, puede dejar que yo dirija a un grupo en situación de moderada a amplia embriaguez. Y luego la gente se extraño de que tardaramos dos horas en llegar. Pobres.
Al final acabamos metidos a las 4 de la mañana en el sotano de la Facultad de Economicas, reconvertido en discoteca tecno fashion. No sé ve todos lod días un edificio de 200 años convertido en una capital del techno, ¿verdad?
Tras eso, tranvia y a casa.
Días 4 (jueves, 8 de febrero)
Días breve en su conjunto, recoger, dejar albergue, visitar parlamento (con una serie de controles de seguridad de la leche, para que luego te dejen pasar con un cuchillo) y comida italiana.
Y vuelta a Bélgica. Todo a pedir de boca de no ser porque cierto sujeto se dejó la maleta en el aeropuerto de Charleroi, y nuestro protagonista se quedo a hacer noche allí, mientras que parte de sus personalidades se perdían en la noche. Ya lo dijo el subcosciente, que algo tenía que torcerse con su presencia.
Ale, a escardar.

