Finalmente lo logré, y aquí teneis el fin de la historia.
St Malo, bonita ciudad
Llegamos ya anocheciendo, pero había que cumplir, y los sujetos del país de la bellota habían dicho que ellos se bañaban en la playa, así que todos prestos, ellos con el bañador, el resto embutidos de abrigo hasta las orejas nos fuimos a buscar el mar y la arena.
Lo conseguimos, y tras una carrera digna de la banda sonora de carros de fuego y un chapuzón digno de una pulmonía decidimos buscar algo con lo que llenar el estomago y tirando la casa por la ventana optamos por una crépérie.
Una vez finiquitado la cena y ser testigos de las técnicas de acoso y derribo de un siciliano y como las sufría la simpática camarera, toco momento de introspección y decisión. Carrera loca a Calais para cruzar el canal la Gran Bretaña, o nos quedamos en la Bretaña, a secas, siguiendo la costa.
Finalmente la razón se impuso, y las vacaciones son las vacaciones, así que optamos por el paseo, y si nos daba tiempo a lo otro, pues tanto mejor. Además, no es más que un puto túnel.
Tras esto otra vez al coche en dirección a la tierra de Morfeo (o zona de descanso de una autopista, si nos ponemos más realistas y menos románticos). Repe
tido el Tetris, me toca a mi sentado en el asiento del copiloto, que bueno, podía ser peor. Al final acabe arriba a las nueve de la mañana leyendo tumbado encima de una mesa de piedra.
Como el sitio no tenía unos baños que pudiéramos denominar salubres, tras un escueto desayuno cogimos el coche y nos fuimos en busca de unos sanitarios como Dios manda, siendo finalmente elegidos los de un McDonalds que nos topamos por el camino. Y comprobe que la cocagola a veinte centimos e litro y medio no es mortal. Increible, ¿verdad?
Y llegamos a Le Havre, y seguimos por Étrétat.
Siguiente punto en la ruta, dirección Calais, un sitio marcado como de interés turístico en la guía Michelín. Y uno llega a la conclusión que interés turístico e interés real no siempre coinciden.
Porque vale, bonito despliegue de la bandera francesa alrededor del monumento a los caídos en las dos grandes, pero la ciudad en sí era fea, cosa mala. Así que dos horas después, vista la catedral y haciendo el moña en y sobre diversos monumentos (algo vándalos a rato sí somos) seguimos ruta.
Llegamos a un pueblecito muy cuco él llamado Éntrétat. Llegamos a eso de las cuatro y el sitio estaba cubierto por una bruma que casi se podía cortar con cuchillo. Tras dar una vuelta por el pueblo, nos informamos que la bruma desaparecía con la bajada de la marea y que se podían visitar los acantilados, y eso sí que estuvo bien.
Paisajes de lujo, fotos postal, y conversaciones sobre hacer el amor (que no es follar, es más tierno) nueve sujetos sobre un peñasco que tendría una superficie de metros cuadrados, tirando por lo alto. Además algún desgraciao que me cogió la cámara se dedico a hacer fotos a las gaviotas, y me encontré con una veintena de fotos de ellas cuando las descargue.
Así pues, tras el atardecer ruta a Calais, con unas cuantas vueltas por el monte, donde nos encontramos con unos seguidores de Le Pen (sorpresa, sorpresa cuando vimos el cartel pegado en los capós de los coches, y las cabezas rapadas bajo las capuchas) que amablemente nos informaron de ande estaba la playa de Oye, menos mal que no damos mucho el cante. Seguimos ruta buscando un lugar ande dormir, y finalmente buscamos una zona de servicio donde cenamos y nos fumamos una cachimba a la luz de los faros del coche.
Después a dormir, y aquí el consejo del día de hoy: nunca durmáis en el asiento del conductor. Vale que gracias a mis piernas omnipresentes las puedo colocar en cualquier lugar, pero finalmente y tras atinar en el claxon tres veces, opté por irme fuera.
La Playa de Oye
Bien, al día siguiente nos encaminamos a la Playa
de Oye, que resultó ser uno de los principales motivos del viaje, ¿y por qué? Una pregunta sublime en sí misma, y de respuesta aun mejor.
Resulta que al artífice del viaje, Simone, se le había ocurrido hacerlo tras ver la película Eurotrip, que viene a ser otra patética película de adolescentes americanos, que se van de viaje a Europa. Y tras verla le dejó sumamente afectado la escena en la que iban a una playa nudista en Calais y salían tres pibones despampanantes, reclamo evidente, pues a una peli de estas le quitas tetas y culos y queda en nada..
Así pues el buen siciliano convenció a ciertos dos cacereños de hacer un video en esa playa bañándose desnudos. Y con ese plan nos encontramos allí. La cuestión es que abril no es verano, y en el norte de Francia hace un frió del carajo (vease como ibamos el personal más omenos cuerdo) y no hay rubias neumáticas desnudas, pero aun así siguieron con su plan. Eso son huevos (y tras la carrera, canicas).
Y el Eurotúnel
Hecho el paripé, fuimos a cumplir el segundo objetivo del viaje, cruzar el Eurotúnel, con el objetivo real ya no de ver Inglaterra, sino de cruzar el túnel, y viendo que finalmente sí nos daba tiempo. La cosa es que nos convencieron que total, pagar 60 euros por coche no era tanto, y que esto no se hace todos los días. Así que accedimos con la boca pequeña y nos dirigimos a nuestra aventura subacuatica.
Llegado al túnel y todo dispuesto van y nos dan la funesta noticia: 60 yuris con reserva, sin reserva 136. La
respuesta de todos salvo de Simone fue un rotundo no. Es lo malo de las mayorías. Así que tras un intento de interrogatorio sobre como estaba hecho el túnel a la pobre cajera, que no tenía ni pájara idea optamos por la retirada.
Y así pues otra vez rumbo a Dunkerque, donde tras hacer el costra en la playa, y yo dedicarme a hacer el moñas en la arena, y darnos una vuelta a la ciudad. Y luego retorno a Bélgica.
La Fuga de Waterloo
Como íbamos con tiempo decidimos parar en Waterloo, donde Napoleón sufrió su primera y más aplastante derrota. Llegamos allí tras unos problemas de orientación ya pasadas las once de la noche, y nos encontramos que el monumento de Waterloo, que viene a ser un león gigante encima de una colina, estaba cerrado y vallado. Como ya habíamos llegado hasta ahí, dije que total, ya nos colábamos y subíamos arriba. Inspeccionando la valla encontramos un hueco por el que pasar entre los setos y sobre la alambrada de espinos, aunque todo el mundo se rajó (ains, esta juventud). Así que fuimos a cenar, y a pesar de mis intentos no conseguí movilizar a nadie, así que visto lo viste, me colé yo sólo (total, que podía pasar si me pillaban, ¿allanamiento de un Monumento Nacional?).
Así pues me ves, cámara en ristre, subiendo la colina de marras en plan comando, arrastrándome por el suelo entres los focos para pasar lo más desapercibido posible cuando me llaman. “Oye, que va un grupo de personas hacia el agujero, pero vamos, que parece que algunas llevan tacones, así que no creo que pase nada”.
Así que nada, espero unos minutos, continuo mi
ascenso, saco la primera foto, y sigo subiendo hasta el león de marras, y cuando voy a sacarla segunda… ¡me quedo sin baterías en la p*+@ cámara! En fin, me acuerdo en toda la familia del creador de Nikon he inicio el descenso, arrastras otra vez, cuando veo que alguien sube. Les suelto un “No va la mierda de la cámara y se me queda sin batería”, pensado que eran uno de mis dos vigías que finalmente le habían echado redaños al asunto y me contestan con un “non, non, nous sommes autres”. Y claro, me quedo a cuadros. Resulta que era el grupo del que me habían hablado antes, chicas con minifaldas y tacones incluidas, que habían decidido colarse también en el sitio. Y eso en un momento parecía la N-III el 1 de agosto. Ya pasando de subterfugio ni leches, me pongo de pie, sigo bajando, y me encuentro a los otros dos esperándome. Se perdió toda la emoción.
Tras esto otra vez al coche y a casa, que uno ya estaba un poco cansado.
Ale, a escardar.