Pues básicamente es eso. Un agosto anodino en el que poco o nada se ha hecho, lo mas, irme cuatro días Alicante dónde batí mi
record y pisé la playa un total hora y media (media de bajar baño y a casa, y una hora dando vueltas con
Lolo por la noche buscando un sitio donde tomar algo). Y claro, eso no es mucho a lo que contestar ante las preguntas ¿y qué tal el verano? ¿A dónde te has ido? Preguntas que están a la orden del día en estas fechas.
Todo sea dicho que por lo general soy uno de esos bichos raros a los que le gusta quedarse en Madrid en verano. Calor aparte como que se vive mejor, menos gente, más calma, me gusta. Aun con todo este está resultando un verano que me deja, como casi todo últimamente la verdad, una sensación rara. A lo mejor es que los arboles no me dejan ver el bosque, y por eso ando más despistado de lo habitual.
A parte de eso, y desde la jaula dorada, puedo contaros un par de novedades. El otro día se me cruzaron los cables al salir de la piscina, me
duche y me fui al peluquero, así por que me dio por ahí. Vuelvo a ser ese
Príncipe de
Beckelard siniestro que algunos recordareis de hace siete años, esta vez con un toque modernista por parte del peluquero, maldita sea su estampa, que me rapó los laterales (iluso de mi, creía que me estaba retocando las
patillas, y ¡sorpresa! no era así).
Y luego este fin de semana tuvimos el cumpleaños de mi señor padre, esta vez sin pingüinos en el jardín. De comida un
brunch en el
Intercontinental, cuyo planteamiento viene a ser un
buffet libre de los de toda la vida pero con camareros muy dignos alrededor, y platos que van desde
spaghetti carbonara a langosta, pasando por
steak tartar,
sushi más que decente y entremeses de
jabugo. Son esos pequeños momentos de la vida en los que uno es
feliz y acaba rodando cuesta abajo. A la tarde velada social donde al menos este año tenía mi hermana para no acabar muerto del asco, porque vale que algunos sujetos de los que vienen a estas cosas son de libro, pero un estudio
sociológico de cuatro horas puede ser mucho para cualquiera por muy interesante que sea la fauna a observar.

De todo esto, además de un buen empacho, he sacado un juguete nuevo, en sustitución de mi difunta
PDA (el dios electrónico la tenga en su gloria), ya que dado que a mi padre le a
caído una
iphone y un navegador
Tomtom, yo he heredado su
Pocket PC, que aun no sé para lo que sirve, pero
dadme tiempo. De momento ya he comprobado que funciona con Windows y se cuelga tantas veces como cualquier cosa que funcione con este, y he perdido mucho tiempo borrando todos los contactos de mi padre, porque alguna función tiene fijo para borrarlos todos de golpe, pero no la he encontrado.

Y como mi padre se va acercando más y más a los sesenta se acerca más y más a la crisis de dicha edad, así que la última fue comprarse una
Harley Davidson. Al menos es una de las discretas, dentro de todo lo discreto que pueda ser una moto naranja
butano y negra (vease la foto). Lo que si es cierto es la fascinación que una moto de estas despierta. Al fin y al cabo, como él bien dice, nadie se interesaba por su moto cuando llevaba una
scooter, por mucho que fuese una
Burgman 400, pero ahora todo el mundo le pregunta por la
Harley. Ahora es lo más en los juzgados se ve.
Ale, a escardar.
PD: Sé que la foto que queríais es la de mi corte de pelo, pero paso.